Fecha: 13/10/2026 15:25:38
Categoría: Discapacidad
«No exageres»: cuando la violencia hacia las mujeres con discapacidad se naturaliza
Artículo de opinión
«No exageres».
«Solamente te quería ayudar».
«Seguro lo hizo con buena intención».
«No fue para tanto».
Son expresiones que escuchamos con frecuencia cuando una mujer manifiesta que una situación la incomodó, la intimidó o la hizo sentir insegura.
Y hay algo que me preocupa especialmente: muchas veces, en lugar de prestar atención a lo que esa mujer está contando, buscamos explicaciones para justificar la conducta de otra persona.
Cuando hablamos de mujeres con discapacidad, a esto se suman prejuicios que todavía están muy presentes en nuestra sociedad. Parece que tenemos que demostrar constantemente que comprendemos lo que sucede, que sabemos reconocer una situación intimidante y que somos capaces de decidir por nosotras mismas.
Me pregunto por qué resulta tan difícil escuchar lo que tenemos para decir sin poner inmediatamente en duda nuestra percepción.
Porque detrás de muchas actitudes que se presentan como preocupación, protección o ayuda también pueden esconderse formas de control, discriminación y violencia.
Cuando las palabras parecen no importar
Muchas veces asociamos la violencia con las agresiones físicas. Pareciera que, si no hubo golpes ni contacto físico, lo sucedido pierde importancia.
Pero ¿qué pasa con las amenazas, las humillaciones, las insinuaciones sexuales no deseadas o las expresiones intimidantes?
Cuando una mujer cuenta que atravesó una situación de este tipo, aparecen preguntas que conocemos demasiado bien:
«¿Pero te hizo algo?».
«¿Te tocó?».
«¿Estás segura de que quiso decir eso?».
Me llama la atención esa necesidad de encontrar una agresión física para reconocer que algo pudo haber sido grave.
La violencia no siempre deja marcas visibles. Una amenaza, una insinuación sexual no deseada o una expresión intimidante pueden generar miedo, inseguridad y afectar nuestra libertad, aunque no exista contacto físico.
Y mucho menos deberíamos exigirle a una mujer que justifique por qué se sintió intimidada.
Cuando ayudar parece dar derecho a decidir
Quienes tenemos una discapacidad sabemos que la ayuda puede ser importante y que muchas veces la recibimos con agradecimiento.
Pero también sabemos que no siempre la necesitamos.
Hay personas que todavía consideran que, por tener una discapacidad, debemos aceptar cualquier ofrecimiento, incluso cuando no lo solicitamos o cuando expresamos claramente que podemos continuar por nuestros propios medios.
Y si decimos que no, aparece otra vez el cuestionamiento.
«Encima que te quieren ayudar, te quejás».
«Qué desagradecida».
«Solamente estaba siendo amable».
Siempre me pregunto por qué se espera que una persona con discapacidad agradezca incluso aquello que no quiere recibir.
¿Desde cuándo ofrecer ayuda significa tener derecho a decidir por otra persona?
Aceptar acompañamiento en un momento determinado no implica renunciar a nuestra autonomía. Tampoco autoriza a nadie a invadir nuestra intimidad, insistir cuando dijimos que no o decidir hasta dónde necesitamos compañía.
La ayuda debería ser una posibilidad, no una imposición.
Y nuestra negativa tendría que ser suficiente, sin necesidad de dar explicaciones.
El acoso también ocurre en los espacios públicos
Las mujeres con discapacidad también estamos expuestas al acoso y a situaciones de intimidación en la calle, en los medios de transporte y en otros espacios cotidianos.
Comentarios sobre nuestro cuerpo, insinuaciones sexuales, preguntas invasivas o actitudes intimidantes pueden combinarse con prejuicios acerca de nuestras capacidades.
Todavía hay quienes creen que una mujer con discapacidad es más ingenua, más dependiente o menos capaz de reconocer las intenciones de otra persona.
Y considero que este es uno de los prejuicios más preocupantes: suponer que nuestra discapacidad nos impide identificar una situación de acoso o intimidación.
En Argentina, la Ley 27.501 incorporó el acoso callejero a la Ley 26.485 de Protección Integral contra la Violencia hacia las Mujeres. Esta normativa reconoce que la violencia de género también puede producirse en espacios públicos o de acceso público mediante conductas de connotación sexual que afectan nuestra dignidad, libertad y circulación.
Sin embargo, el reconocimiento legal no siempre se traduce en un cambio de actitud.
Todavía hay situaciones que se justifican como bromas, comentarios sin importancia o simples malentendidos.
Y me parece necesario preguntarnos cuánto de esa naturalización contribuye a que muchas mujeres terminen sintiendo que deben callarse o restarle importancia a lo que vivieron.
Cuando el control se disfraza de protección o amor
La naturalización de determinadas conductas también puede aparecer dentro de las relaciones familiares y afectivas.
«Lo hago por tu bien».
«Yo sé qué es lo mejor para vos».
«No necesitás trabajar, yo puedo mantenerte».
Estas expresiones no constituyen necesariamente violencia por sí mismas. Su significado depende del contexto, de la relación y de si existe libertad para aceptar o rechazar lo que se propone.
El problema aparece cuando se utilizan para presionar, manipular, restringir decisiones o generar dependencia.
En el caso de las mujeres con discapacidad, los prejuicios sobre nuestras capacidades pueden reforzar estas situaciones.
Todavía hay quienes consideran que una mujer con discapacidad necesita que otra persona organice su vida, administre sus recursos o decida qué actividades puede realizar.
Tener una pareja no debería significar renunciar al trabajo, a nuestros proyectos personales ni a nuestra independencia económica.
Del mismo modo, el vínculo familiar no otorga derecho a controlar nuestras decisiones ni a limitar nuestra autonomía.
Elegir formar una familia, dedicarse al hogar o compartir los recursos económicos con una pareja son decisiones legítimas cuando se toman libremente.
Lo que debemos cuestionar es la imposición.
Porque el cuidado y el afecto no deberían convertirse en argumentos para ejercer control.
Cuando nuestra palabra se pone en duda
Hay algo que atraviesa todas estas situaciones y que, personalmente, me resulta especialmente preocupante: la facilidad con la que se cuestiona la palabra de una mujer con discapacidad.
Cuando expresamos incomodidad, desconfianza o rechazo, muchas veces la conversación deja de centrarse en lo que ocurrió y comienza a girar alrededor de nuestra interpretación.
«¿No habrá sido un malentendido?».
«¿No estarás exagerando?».
«¿Estás segura?».
Y entonces parece que somos nosotras quienes tenemos que dar explicaciones.
Lo que cuestiono es que, por tener una discapacidad, nuestra palabra se ponga en duda antes incluso de escuchar lo que tenemos para contar.
Podemos reconocer una insinuación, identificar una amenaza, sentir miedo y comprender perfectamente cuándo alguien está sobrepasando nuestros límites.
No necesitamos que otra persona nos explique lo que deberíamos haber sentido.
Escucharnos también es reconocer nuestra capacidad para interpretar lo que vivimos.
No todas reaccionamos de la misma manera
Otro aspecto sobre el que creo necesario reflexionar es la manera en que esperamos que una mujer reaccione frente a una situación intimidante.
Algunas responden con firmeza. Otras prefieren guardar silencio, alejarse o evitar una confrontación.
Y todas esas reacciones pueden tener razones válidas.
A veces responder parece lo más adecuado, pero también puede generar temor porque no sabemos cómo va a reaccionar la otra persona. Por eso me parece injusto cuestionar a una mujer por haber guardado silencio, haberse alejado o haber buscado una manera de salir de la situación sin confrontar.
Tampoco deberíamos exigirles a las mujeres con discapacidad que demuestren permanentemente que saben defenderse.
Nuestra capacidad para reaccionar no determina cuánto respeto merecemos.
Reconocer la violencia también implica dejar de justificarla
No quiero presentar a las mujeres con discapacidad como personas indefensas ni afirmar que todas vivimos las mismas situaciones.
Quiero poner en discusión los prejuicios y las actitudes que todavía condicionan nuestra libertad y nuestra autonomía.
Me parece necesario que empecemos a revisar aquello que justificamos en nombre de la ayuda, la preocupación, el afecto o las buenas intenciones.
No somos desagradecidas por rechazar una ayuda.
No somos exageradas por sentirnos intimidadas.
No somos incapaces de comprender lo que sucede por tener una discapacidad.
Y no necesitamos que alguien nos lastime físicamente para que nuestras palabras merezcan ser escuchadas.
Tal vez sea momento de cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarle a una mujer por qué se sintió incómoda, ¿por qué no empezamos a preguntarnos si realmente estamos respetando sus límites?
«No exageres».
«Solamente te quería ayudar».
«Seguro lo hizo con buena intención».
«No fue para tanto».
Son expresiones que escuchamos con frecuencia cuando una mujer manifiesta que una situación la incomodó, la intimidó o la hizo sentir insegura.
Y hay algo que me preocupa especialmente: muchas veces, en lugar de prestar atención a lo que esa mujer está contando, buscamos explicaciones para justificar la conducta de otra persona.
Cuando hablamos de mujeres con discapacidad, a esto se suman prejuicios que todavía están muy presentes en nuestra sociedad. Parece que tenemos que demostrar constantemente que comprendemos lo que sucede, que sabemos reconocer una situación intimidante y que somos capaces de decidir por nosotras mismas.
Me pregunto por qué resulta tan difícil escuchar lo que tenemos para decir sin poner inmediatamente en duda nuestra percepción.
Porque detrás de muchas actitudes que se presentan como preocupación, protección o ayuda también pueden esconderse formas de control, discriminación y violencia.
Cuando las palabras parecen no importar
Muchas veces asociamos la violencia con las agresiones físicas. Pareciera que, si no hubo golpes ni contacto físico, lo sucedido pierde importancia.
Pero ¿qué pasa con las amenazas, las humillaciones, las insinuaciones sexuales no deseadas o las expresiones intimidantes?
Cuando una mujer cuenta que atravesó una situación de este tipo, aparecen preguntas que conocemos demasiado bien:
«¿Pero te hizo algo?».
«¿Te tocó?».
«¿Estás segura de que quiso decir eso?».
Me llama la atención esa necesidad de encontrar una agresión física para reconocer que algo pudo haber sido grave.
La violencia no siempre deja marcas visibles. Una amenaza, una insinuación sexual no deseada o una expresión intimidante pueden generar miedo, inseguridad y afectar nuestra libertad, aunque no exista contacto físico.
Y mucho menos deberíamos exigirle a una mujer que justifique por qué se sintió intimidada.
Cuando ayudar parece dar derecho a decidir
Quienes tenemos una discapacidad sabemos que la ayuda puede ser importante y que muchas veces la recibimos con agradecimiento.
Pero también sabemos que no siempre la necesitamos.
Hay personas que todavía consideran que, por tener una discapacidad, debemos aceptar cualquier ofrecimiento, incluso cuando no lo solicitamos o cuando expresamos claramente que podemos continuar por nuestros propios medios.
Y si decimos que no, aparece otra vez el cuestionamiento.
«Encima que te quieren ayudar, te quejás».
«Qué desagradecida».
«Solamente estaba siendo amable».
Siempre me pregunto por qué se espera que una persona con discapacidad agradezca incluso aquello que no quiere recibir.
¿Desde cuándo ofrecer ayuda significa tener derecho a decidir por otra persona?
Aceptar acompañamiento en un momento determinado no implica renunciar a nuestra autonomía. Tampoco autoriza a nadie a invadir nuestra intimidad, insistir cuando dijimos que no o decidir hasta dónde necesitamos compañía.
La ayuda debería ser una posibilidad, no una imposición.
Y nuestra negativa tendría que ser suficiente, sin necesidad de dar explicaciones.
El acoso también ocurre en los espacios públicos
Las mujeres con discapacidad también estamos expuestas al acoso y a situaciones de intimidación en la calle, en los medios de transporte y en otros espacios cotidianos.
Comentarios sobre nuestro cuerpo, insinuaciones sexuales, preguntas invasivas o actitudes intimidantes pueden combinarse con prejuicios acerca de nuestras capacidades.
Todavía hay quienes creen que una mujer con discapacidad es más ingenua, más dependiente o menos capaz de reconocer las intenciones de otra persona.
Y considero que este es uno de los prejuicios más preocupantes: suponer que nuestra discapacidad nos impide identificar una situación de acoso o intimidación.
En Argentina, la Ley 27.501 incorporó el acoso callejero a la Ley 26.485 de Protección Integral contra la Violencia hacia las Mujeres. Esta normativa reconoce que la violencia de género también puede producirse en espacios públicos o de acceso público mediante conductas de connotación sexual que afectan nuestra dignidad, libertad y circulación.
Sin embargo, el reconocimiento legal no siempre se traduce en un cambio de actitud.
Todavía hay situaciones que se justifican como bromas, comentarios sin importancia o simples malentendidos.
Y me parece necesario preguntarnos cuánto de esa naturalización contribuye a que muchas mujeres terminen sintiendo que deben callarse o restarle importancia a lo que vivieron.
Cuando el control se disfraza de protección o amor
La naturalización de determinadas conductas también puede aparecer dentro de las relaciones familiares y afectivas.
«Lo hago por tu bien».
«Yo sé qué es lo mejor para vos».
«No necesitás trabajar, yo puedo mantenerte».
Estas expresiones no constituyen necesariamente violencia por sí mismas. Su significado depende del contexto, de la relación y de si existe libertad para aceptar o rechazar lo que se propone.
El problema aparece cuando se utilizan para presionar, manipular, restringir decisiones o generar dependencia.
En el caso de las mujeres con discapacidad, los prejuicios sobre nuestras capacidades pueden reforzar estas situaciones.
Todavía hay quienes consideran que una mujer con discapacidad necesita que otra persona organice su vida, administre sus recursos o decida qué actividades puede realizar.
Tener una pareja no debería significar renunciar al trabajo, a nuestros proyectos personales ni a nuestra independencia económica.
Del mismo modo, el vínculo familiar no otorga derecho a controlar nuestras decisiones ni a limitar nuestra autonomía.
Elegir formar una familia, dedicarse al hogar o compartir los recursos económicos con una pareja son decisiones legítimas cuando se toman libremente.
Lo que debemos cuestionar es la imposición.
Porque el cuidado y el afecto no deberían convertirse en argumentos para ejercer control.
Cuando nuestra palabra se pone en duda
Hay algo que atraviesa todas estas situaciones y que, personalmente, me resulta especialmente preocupante: la facilidad con la que se cuestiona la palabra de una mujer con discapacidad.
Cuando expresamos incomodidad, desconfianza o rechazo, muchas veces la conversación deja de centrarse en lo que ocurrió y comienza a girar alrededor de nuestra interpretación.
«¿No habrá sido un malentendido?».
«¿No estarás exagerando?».
«¿Estás segura?».
Y entonces parece que somos nosotras quienes tenemos que dar explicaciones.
Lo que cuestiono es que, por tener una discapacidad, nuestra palabra se ponga en duda antes incluso de escuchar lo que tenemos para contar.
Podemos reconocer una insinuación, identificar una amenaza, sentir miedo y comprender perfectamente cuándo alguien está sobrepasando nuestros límites.
No necesitamos que otra persona nos explique lo que deberíamos haber sentido.
Escucharnos también es reconocer nuestra capacidad para interpretar lo que vivimos.
No todas reaccionamos de la misma manera
Otro aspecto sobre el que creo necesario reflexionar es la manera en que esperamos que una mujer reaccione frente a una situación intimidante.
Algunas responden con firmeza. Otras prefieren guardar silencio, alejarse o evitar una confrontación.
Y todas esas reacciones pueden tener razones válidas.
A veces responder parece lo más adecuado, pero también puede generar temor porque no sabemos cómo va a reaccionar la otra persona. Por eso me parece injusto cuestionar a una mujer por haber guardado silencio, haberse alejado o haber buscado una manera de salir de la situación sin confrontar.
Tampoco deberíamos exigirles a las mujeres con discapacidad que demuestren permanentemente que saben defenderse.
Nuestra capacidad para reaccionar no determina cuánto respeto merecemos.
Reconocer la violencia también implica dejar de justificarla
No quiero presentar a las mujeres con discapacidad como personas indefensas ni afirmar que todas vivimos las mismas situaciones.
Quiero poner en discusión los prejuicios y las actitudes que todavía condicionan nuestra libertad y nuestra autonomía.
Me parece necesario que empecemos a revisar aquello que justificamos en nombre de la ayuda, la preocupación, el afecto o las buenas intenciones.
No somos desagradecidas por rechazar una ayuda.
No somos exageradas por sentirnos intimidadas.
No somos incapaces de comprender lo que sucede por tener una discapacidad.
Y no necesitamos que alguien nos lastime físicamente para que nuestras palabras merezcan ser escuchadas.
Tal vez sea momento de cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarle a una mujer por qué se sintió incómoda, ¿por qué no empezamos a preguntarnos si realmente estamos respetando sus límites?
Autora: Ayelén Pacheco
Alias de donaciones: ayepachecon
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