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Fecha: 29/10/2026 11:44:54

Categoría: Accesibilidad

La calle también se comparte

Cuando el problema no es la vereda, sino las actitudes.

Caminar por la calle siendo una persona con discapacidad visual implica encontrarse con diferentes obstáculos. Algunos son físicos: veredas rotas, vehículos mal estacionados, postes, carteles, notos, bicicletas contra la pared y tantos otros elementos que dificultan nuestros desplazamientos.
Pero hay obstáculos que no tienen que ver con la infraestructura, sino con las actitudes de las personas.
Son situaciones cotidianas que, aunque parezcan pequeñas, pueden resultar incómodas, desconcertantes e incluso generar inseguridad.
Y muchas veces me pregunto:
¿tan difícil es compartir la calle?
¿Tan difícil es hablar?
Hay una situación que nunca deja de sorprenderme. Voy caminando con mi bastón blanco, cerca de una pared, y alguien decide pasar justamente por el pequeño espacio que queda entre la pared y yo.
No importa si del otro lado tiene lugar suficiente. Parece que ese espacio mínimo resulta irresistible.
Intentan pasar de costado, rozan mi cuerpo o interfieren con el bastón. Y todo esto, por supuesto, sin decir una palabra.
Lo curioso es que esa persona puede verme. Puede ver el bastón, por dónde estoy caminando y cuánto espacio tiene disponible. Yo, en cambio, no puedo verla.
Entonces, ¿por qué decide pasar justamente por donde estoy caminando?
Otra situación frecuente ocurre cuando una o varias personas están paradas en la vereda.
A veces son dos o tres que están conversando. Cuando me acerco, interrumpen la conversación y se quedan completamente quietas y en silencio.
Y ahí está el problema: no puedo verlas ni saber exactamente dónde están. Si no hablan, tampoco tengo una referencia que me permita advertir su presencia y esquivarlas.
No pretendo que todo el mundo vaya anunciando cada movimiento, pero un simple "permiso" o "estoy acá" puede evitar un choque.
Lo que me resulta difícil de comprender es que alguien pueda verme acercarme con el bastón y decida quedarse inmóvil y en silencio, esperando que sea yo quien encuentre la manera de esquivarlo.
¿Cómo se supone que voy a evitar a alguien cuya presencia desconozco?
No es la vereda, es la actitud de las personas. El problema no es el espacio, sino cómo lo compartimos.

Cuando la ayuda llega sin preguntar
Otra situación que me ocurre con frecuencia, especialmente cuando estoy por cruzar una calle, es que alguien se acerca y, sin decir una palabra, me agarra del brazo o del hombro e intenta llevarme.
A veces, incluso, me agarran de la mano, del brazo con el que llevo el bastón blanco o directamente del propio bastón.
Todo sucede en cuestión de segundos.
De repente, una persona que no sé quién es me está tocando o intentando cambiar mi dirección, sin explicarme qué sucede.
Y entonces aparecen las preguntas: ¿me quieren robar? ¿Hay algún peligro? ¿Estoy haciendo algo incorrecto? ¿O simplemente alguien decidió que necesito ayuda?
Generalmente, mi primera reacción es detener a la persona y preguntarle qué está haciendo. Pero eso no evita la incertidumbre que se genera en esos primeros segundos.
Además, el bastón es una herramienta fundamental para nuestra orientación y movilidad. Agarrarlo o interferir con su uso, además de ser una actitud invasiva, puede comprometer nuestra seguridad.
Quizás quien lo hace cree que está ayudando. Pero no tiene en cuenta lo que significa que alguien me agarre inesperadamente en plena calle.
Me pregunto si esas mismas personas se acercarían a cualquier desconocido que está esperando para cruzar la calle, lo agarrarían del brazo y comenzarían a llevarlo sin decirle una palabra.
Probablemente no.
Entonces, ¿por qué consideran que está bien hacerlo con una persona ciega?
Tener una discapacidad visual no significa que nuestro cuerpo esté a disposición de quien decide ayudarnos.
No cuestiono necesariamente la intención de ayudar, sino la manera de hacerlo.
Una pregunta tan sencilla como "¿necesitás ayuda?" permitiría evitar toda esa situación.
Porque ayudar no significa agarrar a alguien y decidir por esa persona. La buena intención no reemplaza el respeto ni el consentimiento.
La autonomía no significa que podamos anticiparlo todo
A veces parece existir una contradicción en la manera en que algunas personas se relacionan con quienes tenemos discapacidad visual.
Por un lado, están quienes esperan que podamos esquivar personas que permanecen en silencio, anticipar movimientos o detectar obstáculos que no podemos ver.
Por otro, están quienes consideran que necesitamos ayuda para realizar acciones cotidianas, incluso cuando no la hemos solicitado.
En ambos casos, se pierde de vista algo fundamental: somos personas capaces de tomar nuestras propias decisiones, pero eso no significa que podamos saber todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
El bastón nos permite desplazarnos de manera autónoma, identificar obstáculos y obtener información del entorno. Pero no puede anticipar las decisiones de otras personas.
Y nuestra autonomía tampoco habilita a nadie a intervenir físicamente sin nuestro consentimiento.
No necesitamos que nos ignoren ni que decidan por nosotros. Necesitamos que respeten nuestra manera de desplazarnos y que comprendan que la comunicación es fundamental.

Cuando el problema son las actitudes
No creo que todas estas situaciones respondan a una misma causa.
Hay personas que probablemente desconocen cómo actuar, otras que intentan ayudar y no saben de qué manera, algunas que simplemente no prestan atención y también quienes parecen considerar que una persona con discapacidad visual no puede desenvolverse sola.
Hay de todo en la calle.
Pero independientemente de las intenciones, las consecuencias de determinadas conductas pueden ser las mismas: incomodidad, incertidumbre, miedo o dificultades para desplazarnos.
Muchas veces se habla de las dificultades que enfrentamos las personas con discapacidad visual para desplazarnos por la ciudad. Pero pocas veces se cuestiona el comportamiento de quienes comparten esos espacios con nosotros.
Parece que siempre somos nosotros quienes debemos adaptarnos, anticiparnos, esquivar, explicar y, en ocasiones, hasta disculparnos por situaciones que no provocamos.
Y hay algo que me parece importante señalar: no todas las barreras se resuelven construyendo rampas, reparando veredas o retirando obstáculos.
La accesibilidad también tiene una dimensión humana. Está en la manera en que compartimos los espacios, nos comunicamos y respetamos la autonomía de los demás.
No pretendo que todo el mundo sepa cómo asistir a una persona con discapacidad visual. Pero creo que hablar antes de actuar, respetar el espacio de los demás y entender que no podemos ver lo que sucede a nuestro alrededor no requiere conocimientos especializados.
Requiere algo bastante más sencillo: consideración.

Gracias por llegar hasta acá.
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Autora: Ayelén Pacheco

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