Fecha: 03/08/2026 09:10:12
Categoría: Discapacidad
Cuando el miedo se aprende: lo que un niño nos puede enseñar sobre la discapacidad
"Cuando cambias la forma en que miras las cosas, las cosas que miras cambian."
— Wayne W. Dyer
Hace unos días escuché una historia que no pude dejar de pensar.
No era una noticia. No aparecía en los medios. Era una de esas situaciones cotidianas que pasan desapercibidas para casi todos, pero que dicen mucho sobre la sociedad en la que vivimos.
Un niño contaba que algunos de sus compañeros de escuela tenían miedo de sus padres porque son personas ciegas. No por cómo hablaban, ni por cómo se comportaban. Les daban miedo sus ojos.
Y entonces me pregunté: ¿cómo aprende un niño a tener miedo de una persona por su aspecto?
La respuesta, aunque incomode, es bastante simple: el miedo no nace de la discapacidad. El miedo se aprende.
Un niño pequeño no nace pensando que una persona con discapacidad es peligrosa, extraña o digna de temor. Esas ideas aparecen cuando nunca hubo una explicación, cuando no existe el contacto, cuando la diferencia se presenta como algo raro o cuando los propios adultos transmitimos prejuicios, muchas veces sin darnos cuenta.
No todas las personas ciegas tienen los ojos iguales. Algunas presentan movimientos involuntarios, otras tienen cambios en la mirada, en las pupilas o en la forma en que enfocan. Son manifestaciones posibles de una discapacidad visual. No son algo que deba generar miedo ni rechazo.
Sin embargo, cuando la discapacidad sigue siendo una realidad lejana para muchos niños, cualquier diferencia física puede convertirse en motivo de temor o de burlas. No porque exista un peligro real, sino porque nadie les enseñó qué están viendo.
La escuela tiene un papel fundamental. No alcanza con hablar de inclusión cuando aparece un caso concreto. También es necesario enseñar desde pequeños que las personas somos diversas, que existen distintas formas de ver, de caminar, de comunicarse y de vivir.
Pero la responsabilidad no termina en la escuela.
Las familias también tienen la oportunidad de responder con naturalidad cuando un hijo pregunta por qué una persona tiene los ojos diferentes, usa un bastón blanco o se desplaza de otra manera. Esas preguntas no deben silenciarse. Son oportunidades para educar.
Porque el desconocimiento genera miedo. El conocimiento genera empatía.
Y también es importante pensar en ese niño cuyos padres fueron motivo de temor para algunos de sus compañeros. Ningún hijo debería sentir que debe explicar o defender la discapacidad de su familia. Ningún niño debería cargar con los prejuicios de los demás.
Las personas con discapacidad no necesitamos que nos miren con lástima, ni con admiración. Mucho menos con miedo. Necesitamos que nos miren como lo que somos: personas.
La inclusión no empieza cuando una persona con discapacidad llega a una escuela. Empieza mucho antes: cuando enseñamos a nuestros hijos que las diferencias no son motivo de miedo, sino una oportunidad para conocer, comprender y respetar. Porque una sociedad más accesible también se construye educando sin prejuicios.
Quizás la próxima vez que un niño pregunte por qué alguien tiene los ojos diferentes, en lugar de cambiar de tema podamos responder con tranquilidad. Tal vez esa conversación dure apenas unos minutos, pero puede evitar años de prejuicios.
¿Qué pasaría si, en lugar de enseñar a nuestros hijos a temer las diferencias, les enseñáramos a acercarse con respeto y curiosidad? Tal vez descubrirían que detrás de unos ojos diferentes hay exactamente lo mismo que detrás de cualquier otra mirada: una persona, una familia y una historia que merece ser conocida.
Porque el miedo se aprende.
Y, por suerte, el respeto también.
¡Si llegaste hasta acá te agradezco mucho!
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Recordá que más abajo aparece mi alias, ayudame a sostener accesible.ar y a llegar a más personas.
Por supuesto que también te invito a que me escribas, comentes, y me cuentes tu historia y podamos entre todos hacer que el mundo sea un poquito más accesible todos los días.
— Wayne W. Dyer
Hace unos días escuché una historia que no pude dejar de pensar.
No era una noticia. No aparecía en los medios. Era una de esas situaciones cotidianas que pasan desapercibidas para casi todos, pero que dicen mucho sobre la sociedad en la que vivimos.
Un niño contaba que algunos de sus compañeros de escuela tenían miedo de sus padres porque son personas ciegas. No por cómo hablaban, ni por cómo se comportaban. Les daban miedo sus ojos.
Y entonces me pregunté: ¿cómo aprende un niño a tener miedo de una persona por su aspecto?
La respuesta, aunque incomode, es bastante simple: el miedo no nace de la discapacidad. El miedo se aprende.
Un niño pequeño no nace pensando que una persona con discapacidad es peligrosa, extraña o digna de temor. Esas ideas aparecen cuando nunca hubo una explicación, cuando no existe el contacto, cuando la diferencia se presenta como algo raro o cuando los propios adultos transmitimos prejuicios, muchas veces sin darnos cuenta.
No todas las personas ciegas tienen los ojos iguales. Algunas presentan movimientos involuntarios, otras tienen cambios en la mirada, en las pupilas o en la forma en que enfocan. Son manifestaciones posibles de una discapacidad visual. No son algo que deba generar miedo ni rechazo.
Sin embargo, cuando la discapacidad sigue siendo una realidad lejana para muchos niños, cualquier diferencia física puede convertirse en motivo de temor o de burlas. No porque exista un peligro real, sino porque nadie les enseñó qué están viendo.
La escuela tiene un papel fundamental. No alcanza con hablar de inclusión cuando aparece un caso concreto. También es necesario enseñar desde pequeños que las personas somos diversas, que existen distintas formas de ver, de caminar, de comunicarse y de vivir.
Pero la responsabilidad no termina en la escuela.
Las familias también tienen la oportunidad de responder con naturalidad cuando un hijo pregunta por qué una persona tiene los ojos diferentes, usa un bastón blanco o se desplaza de otra manera. Esas preguntas no deben silenciarse. Son oportunidades para educar.
Porque el desconocimiento genera miedo. El conocimiento genera empatía.
Y también es importante pensar en ese niño cuyos padres fueron motivo de temor para algunos de sus compañeros. Ningún hijo debería sentir que debe explicar o defender la discapacidad de su familia. Ningún niño debería cargar con los prejuicios de los demás.
Las personas con discapacidad no necesitamos que nos miren con lástima, ni con admiración. Mucho menos con miedo. Necesitamos que nos miren como lo que somos: personas.
La inclusión no empieza cuando una persona con discapacidad llega a una escuela. Empieza mucho antes: cuando enseñamos a nuestros hijos que las diferencias no son motivo de miedo, sino una oportunidad para conocer, comprender y respetar. Porque una sociedad más accesible también se construye educando sin prejuicios.
Quizás la próxima vez que un niño pregunte por qué alguien tiene los ojos diferentes, en lugar de cambiar de tema podamos responder con tranquilidad. Tal vez esa conversación dure apenas unos minutos, pero puede evitar años de prejuicios.
¿Qué pasaría si, en lugar de enseñar a nuestros hijos a temer las diferencias, les enseñáramos a acercarse con respeto y curiosidad? Tal vez descubrirían que detrás de unos ojos diferentes hay exactamente lo mismo que detrás de cualquier otra mirada: una persona, una familia y una historia que merece ser conocida.
Porque el miedo se aprende.
Y, por suerte, el respeto también.
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Autora: Ayelén Pacheco
Alias de donaciones: ayepachecon
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